Querida Marisol:
Te escribo temprano, con la cobija todavía encima y la ventana empañada. Aquí amanece distinto de como amanece en la casa. Lo primero que se oye no son carros: son pájaros, y ese ruido de fondo que hacen las hojas cuando todavía están mojadas. Me tomé como una semana en acostumbrarme al frío de la madrugada; ahora no lo cambio por nada.
Vos me preguntabas por qué me vine tan lejos si el trabajo lo tengo del otro lado. La verdad es que no es tan lejos. Bajo, hago lo que tengo que hacer en San José, y cuando vuelvo a subir por la carretera se siente como que se cierra una puerta. Empieza a aparecer la neblina, el aire se pone más limpio, y para cuando llego ya el día se me bajó de revoluciones. Eso solo, todos los días, vale más de lo que yo esperaba.
La casa tiene su ritmo. Uno aprende quién madruga, quién cocina rico, quién deja el café hecho. Yo agarré la costumbre de desayunar en el comedor de los ventanales, donde el verde se le viene a uno encima y entra esa luz medio azul de las siete. Me acordé de que estamos parados justo encima de una de las zonas cafetaleras viejas del país — que el café que uno se toma sale de estas mismas laderas. Suena a folleto, ya sé, pero se siente cierto cuando lo tenés enfrente.
Los fines de semana no me alcanzan. Un domingo subimos al Irazú y llegamos con las manos moradas del frío, mirando ese cráter que parece de otro planeta. Otro fin de semana nos fuimos para el valle de Orosi, que es todo verde y agua y curvas. Y hay sábados en que no hago nada más que ir a Cartago centro, comer algo por ahí, pasar frente a la Basílica y devolverme. También esos cuentan.
Lo que más me sorprendió, y esto te lo digo en serio, fue lo tranquilo que se duerme. Portón cerrado, la propiedad callada, y ese fresco que no se consigue abajo. La primera noche me desperté como tres veces por el silencio. Ahora ya ni me muevo hasta que amanece.
No te digo que te venís mañana. Solo te digo que si algún día andás con ganas de bajarle dos rayas a todo, ya sabés dónde hay un cuarto y una taza de café esperándote.
Con cariño, y con frío,
Valeria